Lobos entre libros: un día en la FILIJ 43
- MauOlben

- 22 nov 2025
- 2 Min. de lectura

El amanecer del Bosque de Chapultepec tenía ese brillo particular que anuncia una jornada distinta. No era un viernes común: desde temprano, un grupo de jóvenes avanzaba entre árboles y senderos con la energía silenciosa de quienes presienten que algo bueno está por ocurrir. Era la 43ª Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), y para ellos, la promesa de un día fuera del salón, pero profundamente dentro del mundo.
Bajo la sombra de las carpas coloridas, el aire olía a papel nuevo y a historias por descubrir. El juego CEMENAHUAC, creado para guiar la visita, convirtió el recorrido en una especie de expedición cósmica: misiones por cumplir, pistas entre estantes, desafíos que tenían como brújula la curiosidad. Cada equipo sostenía su hoja de Misión Lobible como si fuera un mapa estelar.

Los primeros pasos llevaron al contingente hacia los stands de editoriales: Panini con sus mundos ilustrados, Siglo XXI con la seriedad luminosa de sus autores, Porrúa, Hachette, Edelvives. Los separadores y folletos se acumulaban como trofeos improvisados en manos que pasaban de libro en libro, con la avidez de un descubrimiento recién despierto.

Más adelante, las carpas de talleres parecían latir por sí mismas. “Entre el horror y la tinta”, donde los monstruos se construían con imaginación y humor, convivía con el taller para trazar un mapa del cielo, como si la FILIJ 43 insistiera en recordar que la literatura también, es una forma de cartografía. En la lectura en atril Lunática, las voces ajenas se volvían brújulas que guiaban a quienes escuchaban. En el taller de collage, las manos se llenaban de recortes que iban ordenando el caos en nuevas imágenes. La "Lotería de la naturaleza" sonaba con risas que mezclaban azar y aprendizaje.

Por momentos, la feria parecía un universo tejido con lenguajes simultáneos: el rumor de las hojas al pasar, la emoción contenida ante un título inesperado, el murmullo colectivo que se detenía sólo cuando un promotor de lectura les hablaba con entusiasmo auténtico. El grupo respondía con asombro —ese asombro genuino que, en la vida escolar, pocas veces tiene espacio para brotar—.
Mientras avanzaban, también crecían las voces de agradecimiento: “Hacía falta un descanso…”, “Gracias por sacarnos un rato…”. No era sólo la feria: era la posibilidad de ser estudiantes fuera del aula, de pensarse de otro modo, de caminar sin prisa por un territorio donde la cultura se muestra amable, accesible, viva.

La jornada cerró con manos llenas de evidencias: fotografías, folletos, pequeños regalos, títulos anotados para futuras lecturas. Pero sobre todo, con una sensación compartida: la de haber ocupado un espacio público desde la alegría, la convivencia y el descubrimiento.
Cuando llegó el momento de abordar el autobús de regreso, algo permanecía suspendido en el aire: quizá la certeza de que la literatura no vive únicamente en los libros, sino en cada gesto que la acompaña. Ese día, en la FILIJ 43, los y las jóvenes, no sólo recorrieron stands; se reconocieron como parte de un cosmos mayor, uno donde la cultura se celebra, se comparte y se vuelve puente.
Y así, entre árboles, risas y páginas recién exploradas, la feria dejó su huella: un recordatorio luminoso de que la educación también sucede cuando el mundo se convierte en libro abierto.


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