Devolver la palabra a Salomé
- MauOlben

- 13 jul
- 9 min de lectura
Crónica de la presentación de La hija del pescador, de Pedro J. Fernández
La lluvia parecía empeñada en disuadir a los lectores.
Mientras la Ciudad de México volvía a colapsar bajo una tormenta de julio, el Foro Expresarte de Librerías Gandhi comenzó a llenarse poco a poco. Algunos llegaron con el paraguas todavía escurriendo. Otros ingresaron con los zapatos mojados y el gesto resignado de quien había atravesado el tráfico para escuchar hablar de un libro. Aun así, las sillas fueron ocupándose una tras otra, como si la lluvia, lejos de desalentar la asistencia, terminara convirtiéndose en parte del ritual que acompaña a ciertas noches dedicadas a la literatura.
Había algo reconfortante en esa escena.
Cuando los libros consiguen reunir a decenas de personas en medio del caos cotidiano, uno recuerda que la lectura sigue siendo una forma de encuentro.

Aquella noche se presentó La hija del pescador, la más reciente novela de Pedro J. Fernández publicada por Almuzara. Sin embargo, conforme avanzó la conversación, quedó claro que el encuentro no se limitaría a presentar una novedad editorial. También sería una oportunidad para escuchar cómo un escritor piensa su labor, cómo dialoga con la historia y cómo construye las voces que habitan en sus novelas.
Moderada por Lourdes Santillana, la conversación comenzó con una pregunta que parecía inevitable. Después de dedicar buena parte de su trayectoria a personajes fundamentales de la historia de México, ¿qué lo había llevado a trasladar su mirada hacia el universo bíblico?
Pedro respondió que el cambio obedecía menos a un abandono de sus intereses habituales que a una prolongación natural de ellos. Desde sus primeras novelas ha buscado aproximarse a personajes que la memoria colectiva suele reducir a unas cuantas imágenes o episodios. En La hija del pescador esa inquietud permanece, aunque ahora el escenario sea la Judea del siglo I y los protagonistas pertenezcan a uno de los relatos más influyentes de la tradición occidental.
La conversación avanzó entonces hacia uno de los ejes que terminarían recorriendo toda la presentación: la decisión de convertir a Salomé en la narradora de la historia.
Lourdes Santillana mencionó que esa elección modificaba por completo la forma de acercarse a un personaje, cuya presencia suele quedar limitada al episodio del baile frente a Herodes y a la muerte de Juan el Bautista.
Pedro coincidió.
Explicó que, con frecuencia, la historia y la tradición terminan fijando a ciertos personajes en un único instante de sus vidas. Permanecen inmóviles dentro de un episodio que acaba por definirlos para siempre. La novela, en cambio, le permitió formular una pregunta distinta: ¿qué ocurrió antes de ese momento?, ¿qué experiencias, relaciones y decisiones pudieron conducir a él?
La intención no consistía en corregir la tradición ni en disputar aquello que los textos bíblicos narran. El desafío fue otro: explorar los espacios que las fuentes de información apenas alcanzan a sugerir y construir, desde la ficción, una voz capaz de devolver profundidad humana a un personaje ampliamente conocido, pero escasamente escuchado.
En esa búsqueda aparece Mariam, hija de un pescador de Galilea, cuya amistad con Salomé articula la secuencia narrativa la novela.

Lourdes destacó esa relación como uno de los elementos más sólidos del libro. A través de ambas jóvenes, explicó Pedro, era posible mostrar dos maneras distintas de mirar un mismo mundo: la de quien ha crecido cerca del poder representado por Roma y la de quien pertenece a la tradición judía. Más que oponerlas, la novela las hace dialogar y permite que el lector descubra la complejidad de una época marcada por tensiones políticas, culturales y religiosas.
Mientras la conversación seguía su curso, se desveló que la elección de la voz de Salomé no respondía únicamente a una decisión narrativa.
Permitía desplazar la mirada.
No hacia los grandes acontecimientos, sino hacia quienes los vivieron desde un lugar distinto.
La decisión de narrar la historia desde la voz de Salomé, abrió paso a una conversación más amplia sobre el proceso creativo que dio origen a la novela.
Pedro explicó que La hija del pescador es una creación literaria que lo acompañó alrededor de cinco años. Acostumbrado a trabajar con personajes cuya vida se encuentra ampliamente documentada, enfrentarse al universo bíblico supuso un desafío distinto. Allí conviven la historia, la tradición religiosa y siglos de interpretaciones. Existen acontecimientos ampliamente conocidos, pero también extensos silencios que ningún documento alcanza a llenar.
Lejos de convertirse en una limitación, esa circunstancia terminó ofreciendo una libertad narrativa diferente.
No se trataba de inventar arbitrariamente aquello que las fuentes callan, sino de construir una ficción capaz de dialogar con ellas, sin perder de vista el contexto histórico en el que esos personajes vivieron.
Lourdes Santillana retomó entonces uno de los rasgos que más le habían llamado la atención durante la lectura: la capacidad de la novela para sumergir al lector en la vida cotidiana de la Judea del siglo I.
Pedro respondió recordando el prolongado proceso de investigación que precedió a la escritura. Habló de la reconstrucción de una cena de Pascua realizada junto con una arqueóloga bíblica. Mencionó los alimentos, las costumbres, las formas de convivencia y los pequeños gestos cotidianos que terminaron encontrando un lugar dentro de la novela. No eran datos incorporados para exhibir erudición, sino los elementos necesarios para construir un mundo que resultara verosímil.
La conversación permitió comprender que buena parte de ese trabajo de documentación permanece casi invisible para el lector.
Ese cuidado también se percibe en la elección de los espacios.
Lourdes destacó que, desde las primeras páginas, la novela consigue introducir al lector en el mercado de Tiberíades antes incluso de que termine de conocer a Salomé o a Mariam. Pedro explicó que eligió ese escenario porque allí convergen comerciantes, viajeros, soldados y habitantes de distintos orígenes. Es un espacio donde las tensiones políticas y culturales de la región podían manifestarse de forma natural desde el inicio de la narración.
La Judea que propone La hija del pescador no aparece como un paisaje inmóvil. Es una región atravesada por el comercio, por los desplazamientos y por el encuentro permanente entre culturas diversas.
Quizá por eso las descripciones nunca se sienten ajenas a la historia. Los aromas de los alimentos, el movimiento del mercado, las conversaciones entre los personajes y los recorridos por las calles, forman parte de una misma experiencia narrativa. El escenario deja de ser un simple fondo para convertirse en un elemento que acompaña el crecimiento de las protagonistas.
Uno de los momentos más interesantes de la conversación llegó cuando Pedro habló de aquello que ocurre una vez terminada la investigación.
Explicó que, en ocasiones, alguno de sus personajes parece detenerse y la historia deja de avanzar. Cuando eso sucede, recurre al tarot como una herramienta creativa para formular nuevas preguntas sobre el rumbo de la narración.
La confesión despertó la curiosidad entre buena parte del público.
Después de escuchar el largo proceso de documentación que sostiene la novela, resultaba interesante descubrir que la intuición también ocupa un lugar dentro de su método de trabajo.
Pedro fue claro al respecto. Las cartas no sustituyen la escritura ni toman decisiones por el autor. Funcionan como un recurso que le permite mirar a sus personajes desde otra perspectiva cuando la historia parece haberse detenido.
Aquella explicación abrió, quizá sin proponérselo, una pequeña ventana al taller del novelista.
Mostró que detrás de años de investigación, lecturas y reconstrucciones históricas, sigue existiendo un espacio para la incertidumbre. Un lugar donde la escritura continúa siendo un proceso de exploración y donde los personajes, conservan la capacidad de sorprender incluso a quien los ha imaginado desde la primera página.
Conforme la presentación avanzaba, la conversación fue dejando atrás las decisiones técnicas de la escritura, para concentrarse en algunos de los personajes que habitan la novela.
Lourdes Santillana recordó entonces una de las escenas que disfrutó durante la lectura: el encuentro entre Salomé, Mariam y María Magdalena.
Pedro reconoció que se trató de uno de los episodios más complejos de escribir.
No únicamente por la relevancia que María Magdalena ocupa dentro de la tradición cristiana, sino porque cualquier aproximación a un personaje tan conocido exige encontrar un delicado equilibrio entre la memoria colectiva y la construcción literaria. El reto consistía en incorporarla a la historia sin convertirla en un símbolo que absorviera a las protagonistas y, al mismo tiempo, sin despojarla del peso que su figura ha adquirido a lo largo de los siglos.
La respuesta del autor permitió comprender el cuidado con el que fue construyéndose la novela.
Más que buscar grandes revelaciones, la historia avanza a partir de los encuentros entre sus personajes. Son las conversaciones, los trayectos compartidos y los momentos de pausa, los que terminan transformando la manera en la que Salomé y Mariam comprenden el mundo que las rodea.
Escuchar esa explicación hacia inevitable volver a pensar en una observación que Lourdes había planteado al inicio de la presentación.
Para ella, La hija del pescador es una novela profundamente sensorial.
Pedro coincidió en que buena parte de esa experiencia nace de la reconstrucción cotidiana del mundo donde transcurre la historia. Los mercados, las comidas, los caminos, las casas y los objetos que acompañan la vida de los personajes, no aparecen únicamente como escenarios. Forman parte de una realidad que el lector puede recorrer junto con ellos.
La investigación histórica y la ficción se presentaron siempre como dos dimensiones complementarias del mismo trabajo creativo. Una aporta el contexto; la otra permite que los personajes respiren dentro de él.
Esa idea volvió a surgir cuando Pedro habló de la libertad narrativa que encontró al trabajar con personajes bíblicos.
A diferencia de otras novelas donde los documentos ofrecen abundante información sobre sus protagonistas, aquí existían amplios espacios abiertos a la imaginación. Esa circunstancia, explicó, le permitió explorar posibilidades narrativas que habrían resultado mucho más difíciles con figuras cuya biografía se encuentra ampliamente registrada.
No se trataba de apartarse de la historia. Se trataba de dialogar con ella desde la ficción.
Mientras lo escuchaba, comprendí que buena parte de la conversación había girado alrededor de una misma inquietud, aunque fuera abordada desde distintos ángulos: la relación entre aquello que sabemos y aquello que todavía podemos imaginar.
La elección de Salomé como narradora, la construcción de Mariam, la reconstrucción de la Judea del siglo I, el encuentro con María Magdalena e incluso el recurso del tarot como herramienta creativa, confluyen en una misma idea: la escritura de una novela histórica exige tanto rigor para aproximarse al pasado, como libertad para construir una experiencia humana capaz de dialogar con el lector contemporáneo.
Cuando Lourdes Santillana dio paso a las preguntas del público, la conversación ya había dibujado con claridad el recorrido creativo de La hija del pescador. Lo que siguió no modificó ese itinerario; lo enriqueció con nuevas inquietudes planteadas por los lectores que llenaban el Foro Expresarte aquella noche.
Las preguntas del público prolongaron de manera natural la conversación.
Hubo quienes quisieron conocer con mayor detalle el proceso de investigación. Otros se interesaron por las decisiones narrativas que dieron forma a la novela o por la manera en que Pedro había construido la voz de sus personajes. Más que una ronda de preguntas y respuestas, el diálogo terminó convirtiéndose en un intercambio entre un escritor y sus lectores, donde cada intervención parecía abrir una nueva posibilidad para seguir pensando la historia una vez cerradas las páginas del libro.
Esa es, quizá, una de las virtudes de las presentaciones literarias. No concluyen una lectura. La prolongan.
Al finalizar el encuentro, los asistentes comenzaron a formar una fila para la firma de ejemplares. Mientras esperaba mi turno, observé que cada conversación era distinta. Había quien compartía una impresión de lectura, quien preguntaba por un personaje o quien simplemente agradecía el tiempo dedicado a la escritura.
La presentación había terminado. La conversación no.
Afuera continuaba lloviendo.
La tormenta seguía marcando el ritmo de la ciudad, pero dentro de la librería permanecía esa atmósfera serena que solo consiguen los espacios donde las palabras todavía encuentran tiempo para ser escuchadas.
Al salir de la librería pensé que la presentación de La hija del pescador había cumplido una función que va mucho más allá de anunciar la aparición de un nuevo libro.
Durante el tiempo compartido, Pedro J. Fernández compartió con sus lectores el recorrido que hizo posible la novela: los años de investigación, las decisiones narrativas, la elección de Salomé como narradora, la construcción de Mariam, los retos de escribir a personajes profundamente arraigados en la tradición bíblica, y las preguntas que acompañaron el proceso creativo hasta la última página.
Más que explicar una novela, abrió las puertas de su proceso de escritura.
Eso me permitió mirar a La hija del pescador desde un lugar distinto. No únicamente como una historia ambientada en la Judea del siglo I, sino como el resultado de un largo diálogo entre la investigación histórica y la creación literaria, dos herramientas que, lejos de oponerse, encuentran en la novela un espacio para complementarse.
El hecho de que esta crónica vea la luz el día en que Pedro J. Fernández cumple trece años desde la publicación de su primera novela, añade un significado especial a aquella conversación. Más que una coincidencia de calendario, ofrece la oportunidad de mirar una trayectoria que continúa ampliando sus horizontes sin perder la curiosidad que parece acompañar a cada uno de sus proyectos.
Mientras la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, pensé que las presentaciones de libros poseen una cualidad difícil de sustituir. Permiten que los lectores conozcan la historia detrás de las historias.
Y, durante un instante, hacen posible que quienes escriben y quienes leen compartan un mismo espacio alrededor de un libro que apenas comienza su recorrido.
Esa noche, La hija del pescador inició el suyo.



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