La silla, el apóstol y la tragedia: una lectura de «El apóstol caído»
- MauOlben

- 25 jul
- 9 min de lectura
El apóstol caído, segunda entrega de la saga El juego de la silla, de Pedro J. Fernández, continúa la exploración narrativa de uno de los periodos más convulsos de la historia política mexicana. Si el primer volumen colocaba sobre el tablero las tensiones acumuladas durante los últimos años del porfiriato y el surgimiento de nuevas aspiraciones políticas, esta novela se concentra en Francisco I. Madero y en el difícil tránsito entre conquistar el poder, intentar ejercerlo y descubrir que la legitimidad no basta para conservarlo.
Pedro J. Fernández parte de acontecimientos ampliamente conocidos, pero evita tratarlos como piezas inmóviles de un museo. Su interés no está en repetir fechas ni en confirmar el lugar que cada personaje ocupa en los libros de historia, sino en preguntarse qué ocurre cuando esas figuras abandonan el bronce y recuperan su condición humana. Francisco I. Madero no aparece únicamente como el apóstol de la democracia; es también un esposo, un hermano, un hombre espiritual y un político que duda, confía, se equivoca y persevera, incluso cuando sus virtudes comienzan a volverse contra él.
La arquitectura de la novela ofrece una de las claves para comprender este recorrido. Sus tres partes —Canonización, Santidad y Martirio— no son simples divisiones temáticas. Constituyen una secuencia política, simbólica y trágica: primero se construye una figura pública. Después se pone a prueba su integridad y finalmente, se revela el precio de permanecer fiel a una idea cuando la realidad ha dejado de obedecerla. Más que organizar el avance de la historia, cada una de estas etapas propone una manera distinta de comprender el poder y la transformación de quienes lo ejercen.
Canonización: la construcción del apóstol
La primera parte de la novela se titula Canonización, una palabra que remite al proceso mediante el cual una persona deja de pertenecer únicamente a su tiempo, para convertirse en un símbolo. Pedro J. Fernández utiliza ese concepto para examinar la formación de la imagen pública de Francisco I. Madero: el hombre que encarna la esperanza democrática, convoca multitudes y parece destinado a ocupar un lugar excepcional en la historia nacional.
La canonización, sin embargo, no aparece como un proceso completamente luminoso. Convertir a una persona en un emblema también implica reducir su complejidad. Toda sociedad necesita héroes reconocibles y, para construirlos, suele simplificar sus contradicciones. Madero comienza a ser visto como un apóstol antes de haber demostrado si es capaz de gobernar un país atravesado por intereses opuestos, heridas sociales profundas y, estructuras políticas que no desaparecen con un cambio electoral.
Pedro J. Fernández construye esta tensión mostrando simultáneamente al personaje histórico y al ser humano. El Madero público habla de democracia, legalidad y transformación, mientras que el Madero privado conversa con Sara, escucha a su familia, recurre al espiritismo y trata de comprender el lugar que le corresponde dentro de una historia, que parece avanzar con voluntad propia. Esa convivencia entre lo político y lo íntimo, impide que el personaje quede encerrado en una sola interpretación.
El espiritismo desempeña una función mucho más importante que la de una simple curiosidad biográfica. Se convierte en la arquitectura filosófica de la novela. Las voces, los presagios y la profecía asociada a la silla presidencial, permiten pensar la historia como una conversación entre vivos y muertos. El pasado no desaparece: permanece alrededor de los personajes, les habla, les advierte y, en ocasiones, parece observar cómo repiten aquello que creían haber superado.
La canonización también está relacionada con las expectativas. Francisco I. Madero no solo debe gobernar: debe responder a las esperanzas depositadas en él, por grupos que desean cosas muy distintas. Para algunos representa el fin de la dictadura; para otros, la posibilidad de una reforma social más profunda; para ciertos sectores, una amenaza; para quienes perdieron privilegios, un hombre incapaz de sostener el orden. La figura canonizada comienza así, a quedar atrapada entre la persona que es y el símbolo que los demás necesitan que sea.
Uno de los mayores aciertos de Pedro J. Fernández consiste en transformar los conflictos nacionales en relaciones personales. La ruptura entre Madero y Emiliano Zapata no se presenta únicamente como un desacuerdo entre proyectos políticos. También, contiene decepción, orgullo, cercanía perdida y la herida que deja alguien en quien se había depositado la confianza. La historia se vuelve más cercana cuando el autor muestra que las decisiones públicas, suelen conservar la memoria de los agravios privados.
En esta primera parte, la silla presidencial comienza a adquirir presencia propia. No es todavía el objeto que devora a quien la ocupa, sino el centro alrededor del cual se reorganizan las relaciones. El poder atrae, separa y modifica la mirada que los personajes tienen unos de otros. La canonización acerca a Madero a la presidencia, pero también, lo aleja progresivamente de la posibilidad de ser leído como un hombre común.
Santidad: la integridad puesta a prueba
La segunda parte, Santidad, profundiza en el dilema central de la novela. La santidad deja de pertenecer al ámbito estrictamente religioso, para convertirse en una pregunta política: ¿qué significa mantenerse fiel a los propios principios cuando gobernar exige negociar con fuerzas que no los comparten?
Francisco I. Madero intenta ejercer el poder sin convertirse en aquello contra lo que se reveló. Su integridad, una de sus mayores virtudes, comienza también, a revelar sus límites. No quiere gobernar desde la sospecha, no desea responder a la oposición con los métodos del antiguo régimen y se resiste a creer que la traición pueda encontrarse entre quienes, al menos en apariencia, sirven al Estado.
Pedro J. Fernández evita presentar esta postura de forma simplista. Madero no es ingenuo porque carezca de inteligencia. Comprende muchos de los conflictos que lo rodean, identifica presiones extranjeras, reconoce ambiciones políticas y defiende con lucidez la legitimidad obtenida mediante el voto. Su ceguera es otra: puede entender la conspiración como fenómeno político, pero no siempre reconocer al conspirador que tiene más cerca. Esa diferencia vuelve su tragedia mucho más compleja.
La santidad tiene, entonces, un costo. Mantenerse fiel a una ética puede convertirse en una forma de vulnerabilidad cuando los adversarios actúan bajo reglas distintas. Sobre esa tensión descansa buena parte de la novela: la legalidad frente a la fuerza; la confianza frente al cálculo; la convicción moral frente a la eficacia política.
En ese contexto, Gustavo Madero ocupa un lugar fundamental. Pedro J. Fernández lo construye como una conciencia alerta, incómoda y progresivamente desesperada. Es quien observa lo que otros se resisten a ver, quien advierte sobre las lealtades dudosas y quien intenta proteger a Francisco, incluso cuando esa protección comienza a parecer obsesión. Su tragedia consiste en comprender el peligro antes de contar con la autoridad necesaria para impedirlo.
Algo semejante ocurre con Sara Pérez. A lo largo de la novela, las mujeres suelen reconocer el riesgo antes que los hombres atrapados en la lógica del poder. Sara, Virginia Carranza y otras figuras femeninas, funcionan como una conciencia moral y política que no necesita grandes discursos. Ellas observan aquello que el ejercicio del poder suele relegar: quién está en peligro, qué vínculo puede romperse y qué ambición amenaza con destruir una vida.
No se trata de convertirlas en personajes infalibles ni de atribuirles una intuición sobrenatural. Su lucidez proviene, en buena medida, de que participan desde otro lugar. Mientras muchos hombres piensan en legitimidad, mando, elecciones, ejércitos y posteridad, ellas recuerdan que detrás de cada decisión existen cuerpos, familias y pérdidas irreversibles. La historia política nunca deja de ser, también, una historia profundamente humana.
En esta parte destaca igualmente la construcción de Victoriano Huerta. Pedro J. Fernández evita convertirlo en un villano estridente. Su principal arma no es el grito, sino el lenguaje. Habla con cortesía, responde con aparente paciencia, utiliza expresiones técnicas y transforma cada señalamiento en una duda. Su sarcasmo rara vez pierde la compostura. Esa elegancia verbal vuelve todavía más inquietante su presencia.
Huerta no necesita negar los hechos. A él le basta con reinterpretarlos. Convierte la demora en estrategia, la sospecha en impaciencia y la traición en servicio. Esa manipulación del lenguaje le permite ejercer el poder antes incluso de ocupar formalmente la presidencia. Francisco I. Madero conserva la investidura, mientras que Victoriano Huerta controla los tiempos, la información militar y las posibilidades materiales de acción.
La santidad, por tanto, no debe entenderse como perfección. Es una prueba. Los personajes revelan hasta qué punto pueden conservar su identidad cuando las circunstancias los obligan a elegir entre la fidelidad a sus principios y la eficacia inmediata. Felipe Ángeles permanece leal aun cuando la lealtad deja de ofrecerle protección. Zapata sostiene su causa incluso después de romper con quien alguna vez consideró aliado. Sara insiste en cuidar a Francisco cuando la presidencia ya no puede protegerlo. Y Madero continúa defendiendo la legalidad cuando la propia estructura legal empieza a vaciarse desde su interior.
Si Canonización mostraba el nacimiento del símbolo, Santidad demuestra que ninguna convicción permanece intacta cuando entra en contacto con el poder. Es ahí donde Pedro J. Fernández desplaza el centro de la novela: deja de preguntarse quién merece gobernar, para explorar una cuestión mucho más incómoda, ¿qué precio exige permanecer fiel a uno mismo mientras se gobierna?
Martirio: cuando el símbolo se encuentra con la historia
La tercera parte, Martirio, conduce de manera inevitable al desenlace histórico conocido por cualquier persona lectora. Sin embargo, Pedro J. Fernández demuestra que conocer el final no disminuye la tensión narrativa. Al contrario: transforma la lectura en una experiencia marcada por la anticipación. Desde mucho antes de que ocurra la tragedia, el lector comprende que los personajes avanzan hacia un destino del que ya no podrán apartarse.
El martirio no comienza con la muerte. Empieza cuando las posibilidades de actuar se reducen hasta casi desaparecer. Francisco I. Madero continúa tomando decisiones, pero cada una de ellas se produce dentro de un horizonte cada vez más estrecho. Las lealtades se debilitan, las instituciones dejan de sostenerlo y la confianza que había guiado buena parte de su gobierno, empieza a convertirse en un riesgo.
Esa es una de las mayores virtudes de la novela. Pedro J. Fernández evita explicar la caída de Madero como el resultado de un único error o de una traición aislada. La presenta como el desenlace de un proceso en el que convergen decisiones personales, intereses políticos, viejas estructuras de poder y circunstancias que ningún individuo puede controlar por completo. La tragedia adquiere así una dimensión mucho más humana: no nace de una equivocación puntual, sino del momento en el que el margen para corregir los errores prácticamente ha desaparecido.
En ese contexto, el título de esta última parte adquiere todo su sentido. El martirio no convierte a Madero en un héroe. Confirma el costo de mantenerse fiel a determinadas convicciones, cuando el entorno ha dejado de compartirlas. Pedro J. Fernández evita la idealización. Francisco I. Madero sigue siendo un personaje lleno de dudas, afectos y contradicciones. Precisamente por eso su destino conmueve: no porque sea perfecto, sino porque permanece profundamente humano hasta el final.
La novela alcanza aquí uno de sus mayores logros. Los acontecimientos históricos nunca desplazan por completo la dimensión íntima de los personajes. Mientras los hechos políticos avanzan hacia su desenlace, continúan existiendo conversaciones familiares, gestos de afecto, temores y pequeñas decisiones cotidianas. La historia deja de percibirse como una sucesión de fechas, para recuperar aquello que con frecuencia pierde en los libros de texto: la experiencia emocional de quienes la vivieron.
Esa atención a lo humano atraviesa toda la obra. Las relaciones familiares, las amistades, las lealtades y las rupturas no aparecen como episodios secundarios, sino como el espacio donde las decisiones políticas adquieren un verdadero significado. Pedro J. Fernández nos recuerda constantemente que los grandes acontecimientos nacionales, nunca ocurren al margen de los vínculos personales.
Al concluir la lectura permanece la imagen de la silla presidencial, no solo como un símbolo del poder político, sino como el eje silencioso alrededor del cual gravitan las decisiones de todos los personajes. A lo largo de la novela, la silla funciona como una promesa para algunos, una amenaza para otros y una tentación para muchos más. Sin embargo, su mayor fuerza simbólica reside en otra parte.
Más que transformar a quienes se acercan a ella, la silla termina revelando aquello que ya habitaba en cada uno de ellos. Hace visibles las ambiciones de Huerta, la lealtad de Felipe Ángeles, la lucidez de Sara, la desesperación de Gustavo y la integridad de Madero. El poder no crea esas cualidades: las expone con una intensidad que ya no permite ocultarlas.
Quizá esa sea una de las aportaciones más interesantes de El apóstol caído. La novela no propone una explicación definitiva sobre la Decena Trágica, ni pretende corregir la historia oficial. Su apuesta consiste en recordar que, detrás de cada episodio histórico, existen personas obligadas a decidir sin conocer el desenlace que hoy nosotros damos por sentado.
La secuencia Canonización, Santidad y Martirio transforma así una tragedia política en una reflexión sobre la condición humana. Lo que comienza como la historia de un presidente, termina convirtiéndose en una pregunta que trasciende el episodio histórico y alcanza al propio lector. Si el poder tiene la capacidad de revelar aquello que somos cuando nadie puede ya separar a la persona del cargo que ocupa, entonces la verdadera pregunta no es únicamente quién merece llegar a la silla presidencial, sino ¿cómo puede ejercerse el poder sin permitir que el poder termine decidiendo quiénes somos?
Créditos y fuentes
Imagen
Portada de El apóstol caído.
Imagen tomada de la página de Facebook de Pedro J. Fernández.



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