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Entre celosías, ediciones y combis del canon: una tarde inventando a Sor Juana


Ana Castaño, Jorge Gutiérrez Reyna y Nayeli García.
Ana Castaño, Jorge Gutiérrez Reyna y Nayeli García.

La tarde del 29 de enero, en el foro Expresarte de Librerías Gandhi, el murmullo previo a la presentación se parece al de una antesala compartida. Se reconocen rostros, se cruzan saludos, se ocupan las sillas con una expectativa que no es solemne, sino atenta. Se presenta La invención de Sor Juana (sus ediciones, sus editores, sus textos) y, aunque el título promete erudición, el ambiente anuncia algo más cercano, más vivo.


La bienvenida abre el espacio y los nombres se acomodan en el aire: Jorge Gutiérrez Reyna, Ana Castaño y Nayeli García. Es la primera presentación del libro y se percibe como el resultado visible de un trayecto largo. Desde el inicio se insiste en una idea que atravesará toda la conversación: este no es un libro sólo para especialistas. Es un ensayo, sí, pero también es divulgación; es biografía, pero una biografía que se pregunta cómo una mujer del siglo XVII llega, materialmente, a nuestras manos lectoras.


Nayeli García toma la palabra y, con ella, aparece una noción fundamental: los libros no existen solos. Antes de hablar de Sor Juana, nombra a quienes hacen posible el objeto que hoy se sostiene entre las manos: editores, correctores, diseñadores, lectores. Esa cadena de trabajo dialoga, casi sin decirlo, con la que el libro reconstruye: la de las ediciones antiguas, los manuscritos y los trayectos de los textos. Sor Juana no sólo escribió. Alguien la imprimió, alguien la cuidó, alguien la transmitió.


La voz de la editora perfila a Jorge Gutiérrez Reyna no sólo como investigador de la Universidad del Claustro de Sor Juana y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, sino como poeta. Esa doble condición —poeta que lee a otra poeta— se vuelve clave. El libro, se insiste, está escrito desde ahí: desde una erudición que no renuncia a la sensibilidad, desde un ensayo que quiere ser hospitalario. La investigación comenzó hace más de quince años y encuentra ahora una forma distinta, más amplia, más abierta al público en general.



Cuando Jorge toma la palabra, el tono cambia sin perder cercanía. Agradece, mira a las caras conocidas, y se detiene en la pregunta que parece simple y no lo es: ¿por qué Sor Juana? Dice que no lo sabe del todo. Que Sor Juana ha estado y no ha estado en las sombras. Que el canon literario es como una combi en movimiento, donde todo se reacomoda cada vez que alguien sube o baja, pero donde ella sigue al volante. No se baja.


El recuerdo fundacional aparece entonces: una mañana soleada en la Facultad de Filosofía y Letras, una clase con Dolores Bravo, una fascinación inmediata. La compra de las obras completas, la lectura obsesiva, la identificación con esa figura foránea que llega a la ciudad, con su voluntad férrea de ser ella misma, de defender las letras hasta el final. El personaje histórico deslumbra, pero la escritora lo supera: radical, extrema, intelectualmente sólida.


La crónica de esa formación intelectual continúa con Ana Castaño. Con ella aparece el otro aprendizaje: leer en serio. Leer verso por verso, letra por letra. Antes de cualquier marco teórico, entender el texto. Esa ética de la lectura se vuelve cimiento del libro que se presenta esa tarde.


Cuando Ana Castaño habla, el libro se transforma ante el público. No es una tesis: es como una novela, dice. Un ensayo que se lee de corrido, con avidez, por su estilo, por su lenguaje, por su capacidad de transformar datos duros en una narración seductora. Destaca su originalidad dentro del vasto mundo sorjuanista y describe los planos que conviven en el texto: el rigor documental, la reconstrucción tridimensional del mundo novohispano, la materialidad de los libros, los editores convertidos en personajes.


La lectura de un pasaje hace visible esa tercera dimensión: la procesión que recorre la ciudad, la catedral vista desde la celosía, la música, los altares, las calles que todavía reconocemos con otros nombres. El pasado ocurre en presente. Sor Juana aparece de carne y hueso, con pasiones, vanidades y lágrimas. Y junto a ella, los editores: figuras casi olvidadas a quienes el libro devuelve con presencia propia, motivaciones y ambiciones.


La conversación se expande hacia comparaciones inesperadas: Velázquez, la Orden de Santiago, la cruz añadida al jubón en Las Meninas. El libro conecta mundos, tiempos y disciplinas. Nada está aislado.


Hacia el final, Jorge reflexiona sobre su impulso más profundo: escribir contra el tiempo. Anular distancias. Hacer convivir a Sor Juana, a sus editores, a los estudiosos y a los lectores actuales, en una misma dimensión. El pasado no como reliquia, sino como presencia. La investigación no como cierre, sino como un espacio de tránsito.


La presentación avanza hacia las preguntas del público y la firma de libros. Las sillas se mueven, los ejemplares se abren, las conversaciones continúan en voz baja. Algo, sin embargo, ya ha ocurrido: entre palabras dichas y textos citados, Sor Juana ha vuelto a circular. No como estatua ni como emblema, sino como escritura en movimiento, sostenida por quienes la leen, la editan y la reinventan —una vez más— en el presente.

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