«Hamlet, príncipe de Dinamarca»: leer a Shakespeare sin pedir permiso
- MauOlben

- 28 mar
- 3 min de lectura
Actualizado: 8 abr

Leer Hamlet, príncipe de Dinamarca a través de la edición de la UNAM —resultado del Proyecto Shakespeare del Posgrado de Literatura Comparada de la Facultad de Filosofía y Letras— implica un doble gesto: por un lado, acercarse a una de las obras más comentadas del canon occidental; por otro, hacerlo desde una traducción y un aparato crítico que no buscan intimidar, sino acompañar. La traducción de María Enriqueta González Padilla, junto con sus notas y el prólogo de Federico Patán, construye una experiencia de lectura que invita a habitar la obra desde la intimidad y no desde la solemnidad académica.
Uno de los grandes prejuicios que esta edición derrumba es la idea de Shakespeare como un autor reservado para una élite lectora “capaz” de comprenderlo. La escuela —y, muchas veces, la enseñanza de la literatura— ha contribuido a construir esta imagen de inaccesibilidad, convirtiendo a Shakespeare en una figura casi sacralizada: distante, ajena a la experiencia cotidiana. Sin embargo, Hamlet nos recuerda que, antes de ser canon, Shakespeare fue también un ser terrenal, que escribió desde pulsiones creativas, emociones contradictorias y conflictos profundamente humanos. Leerlo hoy, acompañado de una taza de café —o de té, según el gusto—, no es una herejía, sino una forma legítima de encuentro con el texto.
El momento en que Hamlet se vuelve plenamente accesible ocurre de manera contundente en los soliloquios. En estos espacios de reflexión, la persona lectora no se enfrenta a un príncipe distante, sino a un sujeto atravesado por la duda, la melancolía, la ironía, la rabia y una lucidez que roza lo insoportable. El célebre «Ser o no ser» no funciona únicamente como un ejercicio retórico o filosófico, sino como la verbalización de una angustia que sigue siendo contemporánea: el cansancio de existir, el miedo a lo desconocido e incluso la parálisis que produce la conciencia. La pregunta por la vida y la muerte no se formula desde la abstracción; emerge desde la herida.
En ese sentido, Hamlet dialoga de forma directa con experiencias cotidianas actuales: la traición en lo familiar y lo político, el desencanto ante el poder, el amor atravesado por la desconfianza o la dificultad de actuar cuando la conciencia pesa más que la acción. Hamlet es un personaje inteligente y perspicaz, capaz de usar la ironía y el doble sentido como mecanismos de defensa y de ataque. Sin embargo, su ego también juega en su contra, particularmente en el duelo final, cuando la lucidez ya no basta para evitar la tragedia.
Más allá del protagonista, la figura de Ofelia se configura como uno de los personajes más inquietantes de la obra. En ella se manifiesta una concepción de la mujer como sujeto manipulable, subordinado a los intereses del padre y, en consecuencia, al poder masculino. Aunque la obra se inscribe en un contexto histórico específico, una lectura contemporánea no puede evitar reconocer la vigencia de esta violencia simbólica. Ofelia suscita enojo e impotencia: su destino no es el resultado de una debilidad personal, sino consecuencia de un sistema que le niega voz y capacidad de juicio. En este sentido, Hamlet deja de ser una tragedia «del pasado» para convertirse en un espejo incómodo del presente.
La figura del fantasma del rey Hamlet opera como una presencia dual: mandato moral y herida abierta. Representa la exigencia de justicia, pero también el trauma del incesto y la traición, que el hijo no logra procesar del todo. El espectro no sólo impulsa la acción, sino que encarna aquello que no puede cerrarse, aquello que insiste y duele.
La traducción de González Padilla resulta especialmente eficaz para lectores no especializados. Su lenguaje es fluido, cercano y claro, sin perder la densidad poética del original. Las notas no interrumpen la lectura. Funcionan como un acompañamiento contextual que permite comprender los juegos de palabras, las metáforas y las decisiones formales del texto. El prólogo de Federico Patán, por su parte, cumple una función pedagógica clave: ofrece un marco de lectura que despoja a la obra de su aura de intocabilidad y la devuelve a los lectores.
Desde una mirada docente, esta lectura refuerza la necesidad de desmitificar a los autores clásicos. La escuela tiene una responsabilidad directa en la construcción de estos “autores intocables”, que generan miedo más que curiosidad. Hamlet demuestra que Shakespeare puede ser leído, sentido y comprendido desde la experiencia personal de cada lector. Sus emociones no son abstractas ni elitistas: son humanas.
Leer Hamlet, príncipe de Dinamarca no es un acto de erudición, sino de valentía lectora. No porque el texto sea inaccesible, sino porque durante años se nos hizo creer que lo era. Quince años pueden pasar antes de animarse a abrir el libro, pero cuando finalmente ocurre, la experiencia confirma algo fundamental: Shakespeare no necesita intermediarios que pidan permiso en su nombre. Basta con leerlo.



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