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Inventar a Sor Juana: la literatura como tránsito y como huella



Hay libros que no solo amplían lo que sé, sino que me obligan a cambiar el lugar desde donde leo. La invención de Sor Juana (sus ediciones, sus editores, sus textos) fue uno de esos libros para mí, porque me hizo mover la interrogante: dejé de mirar únicamente a la autora y empecé a seguir las huellas que la trajeron hasta mis manos.


No siempre leí a Sor Juana así. Mi relación con ella ha sido lenta, incluso incómoda al inicio: pasé del recelo al interés, del interés a la fascinación y, de ahí —con el tiempo—, a una lectura más crítica. Este libro se inserta justo en ese trayecto. No me pide admirarla más, sino entenderla mejor. Y, sobre todo, entender que incluso esa “Sor Juana” que leo hoy no es una presencia pura, sino una construcción.


Leer este libro fue, en ese sentido, desmontar una imagen. La estatua. El nombre fijo. La idea de que existe una Sor Juana única y estable. En su lugar, aparece algo más inquietante: una autora hecha de decisiones, de correcciones, de trayectorias editoriales, de manos que ordenan, intervienen, publican, recortan y amplifican. Más que una esencia, un proceso. Más que una voz aislada, una red.


Y, sin embargo, lo que más me sorprendió fue la manera en la que todo eso se cuenta. Esperaba un libro denso, tal vez hermético. No lo fue. La lectura avanza con una fluidez que desarma cualquier resistencia inicial. Jorge Gutiérrez Reyna no acumula datos: los narra. Los hace avanzar. Los vuelve comprensibles sin simplificarlos. Me llevó de la mano —literalmente— por los textos, por las decisiones de los editores, por los recorridos de impresión, hasta hacerme ver algo que antes no había visto con claridad: que la identidad literaria de Sor Juana también se construyó fuera de ella.


Hubo un momento en que el libro me atrapó con fuerza: cuando las imágenes dejaron de ser acompañamiento y se volvieron evidencia. Las portadas, las correcciones autógrafas, los stemmas. Ver esas huellas materiales cambió mi forma de leer. Porque ya no se trataba solo de entender una idea, sino de observar cómo un texto se transforma, cómo se fija, cómo se mueve en el tiempo. La historia editorial dejó de ser abstracta y adquirió cuerpo frente a mí.


Ahí entendí algo que el libro insiste en mostrar sin imponerlo: que el sorjuanismo no puede limitarse al personaje histórico verificable. Que hay algo más amplio en juego. Que Sor Juana no solo importa por lo que fue, sino por lo que ha significado, por la forma en que ha sido leída, reinterpretada e incluso inventada a lo largo del tiempo. No como una distorsión, sino como una condición de su permanencia.


Esa idea me movió, porque implica aceptar que no hay una sola Sor Juana, sino muchas. Que cada lectura generacional la reconfigura. Y que, en ese proceso, lo que permanece no es una forma fija, sino una capacidad de transformación.


Recuerdo también algo que se dijo durante la presentación del libro, en el mes de enero, y que se me quedó grabado: la intención de anular la distancia. De hacer convivir a Sor Juana, a sus editores, a sus lectores de entonces y a nosotros en una misma dimensión. Pensándolo ahora, creo que eso es exactamente lo que el libro logra. No me habla del pasado como algo cerrado, sino como algo que todavía está ocurriendo en el acto de leer.


Tal vez por eso el tono del libro se siente distinto. No hay una voluntad de encerrar el conocimiento, sino de compartirlo. Se nota una preocupación por hacer legible algo que, muchas veces, se vuelve inaccesible desde la academia. Y eso se agradece. Porque permite entrar sin miedo, pero no salir sin preguntas.


En mi caso, esas preguntas llegaron inevitablemente al aula. Este libro me hizo pensar en cómo enseño literatura. En qué tanto reduzco a los autores a nombres, a fechas, a obras cerradas. Y en qué pasaría si empezáramos a leer también las condiciones que hacen posible esos textos. Si entendiéramos la literatura no solo como contenido, sino como proceso.


Hay una imagen en la que no dejo de pensar desde que terminé el libro: la de esas distancias editoriales que no coinciden con las geográficas. Como sugiere Jorge Gutiérrez Reyna, Puebla puede estar más cerca de Barcelona que de Madrid, y Barcelona más cerca de Lisboa que de la capital del imperio. Esa forma de pensar el mundo del libro me parece profundamente reveladora, porque muestra que la literatura circula por rutas propias, construye sus propios mapas y redefine sus centros.


Después de cerrar el libro, me quedó una certeza incómoda pero necesaria: que nunca he leído a Sor Juana “tal cual es”. Que lo que he leído —lo que todos leemos— son versiones, decisiones y mediaciones. Y que eso no le quita valor a su obra; al contrario, la vuelve más compleja, más viva.


Quizá por eso la sensación final no fue la de haber terminado una lectura, sino la de haber entrado en otra forma de leer. Más consciente. Más atenta. Menos ingenua.


Porque si algo me dejó este libro es esto: que toda Sor Juana es, en el fondo, provisional. Y que es precisamente en esa inestabilidad —en esa continua invención— donde radica su permanencia.

Créditos y fuentes

Publicación en redes

Jorge Gutiérrez Reyna. Publicación en Facebook sobre La invención de Sor Juana.

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